Seguidores

Mostrando entradas con la etiqueta Relatos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Relatos. Mostrar todas las entradas

sábado, 2 de mayo de 2015

Atlas

File:Vstupní brána Vrtbovské zahrady, Atlas.JPG

Antes que alguien entre y me pregunte <<¿cual es la hora?>> le diré que siempre quise confiar en alguien verdaderamente y no soportar encima todo el peso de mi mundo.

Texto de Jordi Rodríguez Serras
Il·lustración: Atlas -a las puertas de la entrada del Vrtbovská zahrada-, del escultor austríaco Matyas Bernard Braun.

domingo, 26 de abril de 2015

El Pallasso

File:Carl Godlewski als Clown, 1887 (von C.W.Allers).jpg

L'Allò...


Text de Jordi Rodríguez Serras
Il·lustració: "Retrat de Carl Godlewski com a pallasso" (1887), del pintor alemany Christian Wilhelm Allers.

viernes, 13 de febrero de 2015

El conte del Vescomte


-Saps aquella del Vescomte? -em preguntà l'avi, 
que jeia entre els escalons de la porxada, al carrer, 
amb el rostre serè i lleugerament entintat de terra. 
Aleshores, advertint la meva sorpresa, 
ja que justament contemplí una pura i sagaç fada d'aire lliscant per les parets
annexes al temple, m'ho va repetir: 
-Nen, coneixes el conte del Vescomte?

Text de Jordi Rodríguez Serras
Il·lustració: "Diogenes trencant un bol", del pintor polonès Henryk Siemiradzki.

viernes, 5 de diciembre de 2014

Casquivanos



"Te voy a confesar algo: existe un ciclo constante, eternamente presente en mi poesía.
No es ningún otro pensamiento más alejado que otro. Todos, ya sean benévolos o malhechores, morales o inmorales, éticos o bien vituperables, todos, repito, se amontonan unos con otros, formando esta celístia tan poco propensa a metamorfosear en la luz de más allá de las estrellas." Pienso, mientras me estudio la anatomía del ombligo.

Ciertamente, somos casquivanos con graves predisposiciones para con la zarabanda; tal vez la diferencia yace en que cada uno se cuerde sus pantalones con un canon propio. Imaginémonoslo en forma de hilo, de una rojez encendida de ésas que reencuentran los corazones amados.

Lo miraremos mejor de otra manera: rompámonos hoy un poco la testa, permitamos a los recuerdos que se deslicen por la coronilla mañana, después, los dejaremos volar en ritornello a nosotros y se posarán haciendo compañía alada a los bustos de la habitación. Ahí se quedarán.
A continuación, contemplaremos los ombligos del mundo que nos rodea de una puñetera vez.


Texto de Jordi Rodríguez Serras
Ilustración: Melancholia, del pintor polaco Tadeusz Pruszkowski.

Lee la versión del relato en Lengua Catalana, "Caps de trons".

martes, 2 de diciembre de 2014

Caps de trons


"Et confessaré una cosa: existeix un cicle constant, eternament present en la meva poesia.
No és cap altre pensament més allunyat que altri. Tots, ja siguin benèvols o malfedors, morals o immorals, ètics o bé reprobables, tots, repeteixo, s'amunten uns vers altres, formant aquesta celístia poc propensa a metamorfositzar en la claror de més enllà de les estrelles." Penso, mentre m'estudio l'anatomia del melic.

Som, certament, caps de trons amb greus predisposicions a la sarabanda; potser la diferència rau en què cadascú es lliga sons pantalons amb un cànon propi. Imaginem-nos-el en forma de cordill, d'una vermellor encesa d'aquelles que retroben els cors estimats.

Ho mirarem millor d'una altra manera: trenquem-nos la testa una mica avui, permetem als records que llisquin per la clepsa demà, després, els deixarem volar en ritornello a nosaltres i es posaran fent companyia alada als bustos de l'habitació. Allí es quedaran.
Seguidament, contemplarem els melics del món que ens envolta d'una punyetera vegada.


Text de Jordi Rodríguez Serras.
Il·lustració: Melancholia, del pintor polonès Tadeusz Pruszkowski.

Llegeix la versió del relat en Llengua Castellana, "Casquivanos".

martes, 22 de abril de 2014

La conjura de los dioses


Yo renegó de Dios, inmerecidamente. Como quien no quiere la cosa. Pero lo cierto era que el apóstata formaba parte, aun, del panteón clásico. <<Se llama Ego>>, tal como era conocido por esas tierras. 
Que fuera un dragón, o un escaldo quizá, era irrelevante, pues no dejaba de ser un paria, un expulsado sin patria alguna. El acalorado amalgama de títulos divinizadores daba prueba de ello. Demasiados para un dios tan humano.


Texto de Jordi Rodríguez Serras.

___________________________________________

Música (para acompañar la breve lectura):



jueves, 24 de octubre de 2013

Mittaglied (cançó de migdia)


File:Far del Capaspre i les Torretes P1390495.JPG

Emmig de l'enuig, el pare sortí el primer de la Sala Mozart. Aquella vegada, després de suportar la lectura de relats infantils i poesies decebedores d'escriptors de tercera, que el seu fill no guanyés un sol premi va ser massa per ell. Esquivant la gentada, avidosa de fugir del recinte, de mica en mica vaig aconseguir veure'm il·lés al carrer. La via, d'adoquins d'un vacu color de cendra, conduïa a un carreró directe al passeig marítim.
En qüestió de segons, el pare desaparegué de la meva vista. Ni un efluvi de la seva presència. La mare apareix al meu costat, alliberada i amb l'entrecella brillant de suor.
Anem seguint la via cada cop menys atapeïda de gent. El pare ens deté. Està darrera
nostre. Somriu com una guilla. Només havia anat al lavabo del cafè del costat.
El matí, en hores baixes, comença a ronsejar. Ben a la vora del mar, a la mateixa platja de Calella, una nena rossa enlaira un estel rogenc amb molta gràcia. El vent, que s'alça en línia recta cap a mi mentre busquem el cotxe, em fa sentir com la petita milotxa que, un cop, de ben jove, vaig fer suspendre entre els aires del vell camp de La Selva.
Com si es tractés d'un encanteri invisible en el qual pot percebre's un mateix.


Text de Jordi Rodríguez Serras.
Il·lustració: Fotografia del Far del Capaspre i les Torretes, Calella. 


domingo, 24 de febrero de 2013

El tamborilero del rayo


Llegaron por el aire. Mientras, yo circulaba a paso ligero de camino a casa después de una breve caminata por la colina, bordeando la ribera iridiscente. Cercana ya la alameda, al punto que se veía el diminuto islote de caseríos de piedra que era La Segur, lo ví. Revoloteaba por el aire, armado con su solemne tamboril de cabra y el flautín de tres agujeros, que le servía de batuta forjadora de rayos. Entonces, sin quererlo ni esperarlo, me fulminó una centella inerte en el horizonte que me infundió vida. Escruté detenidamente aquel ser, subido en su atril de nubes tiernas, que juzgaba a sus paisanos atemorizados e incendiaba las casas de los inocentes. Hasta que giróse de su trono inalcanzable y me observó. De sus pequeños labios surgió una vieja sonrisa, de sus ojos un candor familiar. Ante aquel panorama dantesco, reconocí que era mi abuelo, bienconocido como El Mozo, en sus horas de trabajo como duendecillo. Aquel funesto chispazo me había azorado el habla, mas con la señal de ''Vamos abuelo que anochece'' (que conjuré ayudado por el brazo), el abuelo, contemplativo de su obra, bajó de los cielos hasta llegar a mi lado en tierra. Bajé junto a él la colina recitándole los últimos versos que había escrito, antes de que llegáramos a casa y cenáramos con toda la familia.

Texto de Jordi Rodríguez Serras.
Publicado en lapiedraquehoradalalluvia.blogspot.com el 24 de febrero de 2013.

martes, 2 de octubre de 2012

El albardero de Casarrubia



Por Jordi Rodríguez Serras.
(Relato de Las Hurdes) 

Fue un día como cualquier otro; un hecho tan singular como aislado. Un señor hablaba raro a tres generaciones unidas en travesía bajo el cielo abrasador de Castilla y Extremadura, la parte más ignota del reino y de una comunidad de verdor ceniza. Esta historia carece de ficción, y aunque en ocasiones pueda parecer real, tampoco lo es; pero no es mi deseo contrariar mi propia mente con vagos recuerdos de vaho y sombras, por que, de hecho, la situación referida ocurrió de verdad. Sonrisas.

I

Y entonces caí en que debía recoger la cámara y llevármela conmigo. Ya me encontraba fuera de casa, 
en la entrada, esperando a mi padre y al abuelo a que terminaran su fastuso desayuno hipercalórico consistente en dos platos de chorizos fritados en sartén, con un par de huevos rotos de repaso por el aceite, elementos equitativamente desordenados en los platos de cada cual.

En aquel momento mi ego me dijo que el pobre albardero al que había que visitar, tendría que esperar la entrega de su noble trabajo al cliente. Cabe decir que no era tan tarde, tampoco la mañana era muy obstinada en dejarse ver por los incautos que aún dormían en sus camas.

Ocho y media de la mañana, y en Asegur parecía que por la calle no pasaría un ánima.
Ni siquiera un triste gato roñoso. El sol aun no tenía fuerza suficiente para ajusticiar la riera y las cigarras y los trasnochadores inapetentes de sueño fingido como yo.
Y entonces caí en que recogería la cámara y me la llevaría conmigo; dicho esto a mis adentros,
di media vuelta en el aire plantado en el suelo y entré en la casa por enésima vez seguida durante el poco tiempo que llevaba el día. Me caí de bruces al cruzar el primer escalón.
Pasaba a duras penas junto a la cocina, ''maltrecho'', adolorido, guasón. Me encaminé hacia los
dormitorios del piso de arriba, por la escalera estrecha con sumo tiento. Al llegar a la cima, di habida cuenta que la mayoría de los inquilinos todavía dormitaban escalfados en sus camitas sin temor a la canícula del exterior que se avecinaba lenta e iba presentándose mientras la aurora matinal ya parecía pretérita. Entré en la alcoba vacía de mis padres y cogí la deseada cámara fotográfica. Me fui pitando aires con miedo de despertar a los primos, aunque me importaba un rábano soberano despertarlos o no. Finalmente me quedé clavado en mitad del pasillo con tal de no volver a subir. Al poco, bajé las escaleras.

II

Entonces, el agradable trío se sumió enteramente en su particular viaje de media hora de ida y media hora
de vuelta. El joven llevaba en la mano izquierda, ávida de tomarlo todo, un bloc decrépito al que solamente
le quedaban poco más de veinte páginas en blanco, mal contadas. Se atrevía a anotarlo todo, aun a pesar
de molestarse a sí mismo; pequeñas cuartetas que ningún ojo ajeno veía, frases ingeniosas que dejaba
ir de vez en cuando -aunque carentes del ingenio propio de los artistas- y, de hecho, su producción más penosa y putrefacta: poemas de pelo y hojas, vidrio, fuego y arena. Se aposentaba en los asientos de atrás porque no le quedaba otra; a sus diecinueve años no tenía nada que hacer ante el asombroso jaque del abuelo, con sus setenta y pocos años eternos, pues aquel de mayor rango y edad tenía el derecho de acompañar
al conductor, siempre sereno y parco en palabras -con la mirada fija en la carretera salvo por algún cruce esporádico de musas, doncellas o ginetas las cuales hacía años que ya no habitaban por lides semejantes-.

Pues, Severiano ''el Parco'' y Serafín ''el Mozo'' reinaron el trayecto con chotis verbales que suelen caracterizar las relaciones entre padre e hijo durante las vicisitudes propias de la vida adulta.

El sol mordía incluso dentro del vehículo, y sus habitantes sobrevivían a sus lamentos con cada derrape en unas carreteras tan sinuosas que promocionaban el despeño nacional.
-Joder, que calorín pega...- Pasa a toda velocidad una cruz negra fija en un lado de la vía. Severiano ve a tiempo la doncella.- ¿Habéis visto eso, lo habéis visto? Jooo, tíoo, alguién ha muerto ahí, qué lástima-. Se silencia
el clima.
-Mal hecho.-Corresponde don Serafín.  

III

Vislumbramos Casarrubia no muy lejano, apenas se diferenciaban quince o veinte minutos ir del
pueblo hacia allí. Todavía dentro del negro armatoste de hierro, me vinieron a la mente unos ''versos'' de Dylan Thomas, pero como por aquel entonces no me acordaba de ellos de una manera muy lúcida, hoy los tengo bien presentes:
Y la muerte no tendrá señorío. And death shall have no dominion.
Dicho esto, cierro el blog de notas, lo guardo cuidadosamente en uno de los bolsillos derechos de mis pantalones tejanos y palpo la buchaca izquierda para cerciorarme que llevo el móvil ahí, a salvo. Tiento con los pies las rocas recubiertas de líquen. Y me tiro al agua.

IV

Normalmente un cuarto de trayecto se pasa rápido e indoloro, a veces ha de pasar una leve ''aeternitas'' para llegar al destino, cuanto más corto más largo. Sea.
-¿Quién eres?-. Pregunta ''El Niño''.
-Nadie.- Responde el extraño.-Humo de parrilla y luz de luna...
¡Cállese ya, Buñuel!

V

Una señora mayor barría descuidadosamente el suelo del portal de su diminuta casa mientras mi
padre buscaba aparcamiento en la plaza; el abuelo y yo nos tomamos la licencia de bajar antes.
Era una plaza patética y simple, en el buen sentido de las palabras; tallada en piedra y gravada en el suelo por el propio peso de las montañas roncas. Casarrubia era una aldeíta de pizarra atrapada en un bucle temporal. Parecía no poder discernir entre antiguos albores cenicientos y la modernidad propia de los pueblos medianamente informatizados. Pero tenía cierto encanto; sobretodo la fuente erguida y aislada, al lado del tanatorio municipal. Igualmente lítica, presentaba un corte profundo en la sien, del cual emanaban aguas límpidas. En cuanto observé aquella fuente, me pareció hallar una ninfa entre filamentos de agua, jugueteando con el viento y éste esparciéndola por mi nariz. Ese agua me llamaba a mí, tal vez por la sed causada por Apolo -o por las lecturas de Homero.-, y me dirigí a ella, la fuente, para que me saciara. Papá ya había salido del coche e iba acercándose con su imponente bolso rojo de Ferrari.
-Espera, yayo, voy a beber un poco-. Dije con la poca inocencia adolescentil que me quedaba..
-¡No bebas de esa, nieto, que está mala!- Respondía.
Centré mi atención en lavarme las manos.


VI

Siempre que paseo por callejuelas y calles medio concurridas y me encuentro con humanos
-¡Ah, qué horror!- éstos me miran con pavor, como si vieran un monstruo de la naturaleza o un dios.
Tal vez porque voy en compañía de dos personas corrientes.
(...)
El señor me miraba con gesto de incomprensión, era obvio que no creyese en lo que veían sus ojos
escépticos. Esa figura antropomórfica se iba alejando progresivamente de él, y, finalmente, suspiró 
de alivio al comprender que estaba a salvo y que buenas personas, Caballeros Sin Nombre, se llevaban
al dragón pequeñajo que lanzaba pantallas de luz de su mirada impetuosa calle abajo. Me dí cuenta que
por el pueblo pasaba también un riachuelo debajo de un puente, como en Asegur, aunque más delgado
y verde, y le disparé unas cuantas fotos.

VII

Me estaban picando tres mosquitos y una abeja, casi al unísono. Usaban mis brazos como si se
trataran de una orquesta epidaura y pudieran tocarla en coro sus punzantes agujas. Mi respeto por
la vida se desvaneció en un instante; con solo un movimiento de brazo ¡¡PAFF!! masacré a los
artistas incrustándolos en la pared. Habíamos llegado a la casa-establecimiento del albardero.
Mi abuelo entornaba los ojos para así advertir intimamente el bullicio interior del habitaje. Se
acercó a la entrada con el pecho por delante, asemejándose a un tordo, y, dibujando una palabra
con el dedo índice en el aire:
-¡Anastasio, sal pa'que te vea!-. Propuso con recia voz.

Silencio. Nadie de dentro salía al exterior a recibirnos. Entre el silencio y la brisa, un gato gris que vagabundeaba sin rumbo junto a nuestro lado despidió un viento estomacal. Silencio otra vez.
Así hasta que esperamos cinco minutos. Al sexto empezaron a oirse rumores dentro de la casa que, por cierto, era de madera, y como tal, las maderas de lo que parecía el destartalado piso de arriba crujían y recrujían igual que sonaba un tálamo conyugal.

Tuvieron que pasar varios minutos, los cuales ninguno de los presentes contó. Llegué a pensar que no comería en casa, con la familia, y que no degustaría por segunda, tercera o cuarta vez aquel delicioso platillo de puré de verdura, pero en el fondo, algo muy profundo en mí sabía que toda ésa pantomima en la que estábamos abocados a seguir era cuestión de minutos...

Otro silencio. Un soplo parecía expelerse. Por fín había terminado. Mi padre se secaba la corona
de una ínfima gota de sudor y suspiró. El calor empezaba a trastocarnos los sentidos, mientras mi cabello
ya se aclaraba por el sol.
La puerta se abrió con renuencia. De ella salió una mujer cana, abrigada con prisas.
-¿Qué querís?-. Dijo con voz desconfiada y temerosa.
-Buen día, mujer, ¿está su señor ahí? Dígale que salga, que tenemos que departir-. Pidió el abuelo.

Aquella mujer gachó los ojos y asintió. Entró sin decir palabra. Al poco ya veíamos al ''señor'',
por el resquicio de la puerta entrecerrada, con su cuerpo embutido en vitola. Salió. Iba descalzo, con un pañuelo fino cubriéndole la testa. Andaba sucio y estaba demacrado por el sol, frutos de largos momentos en el campo, pero presentaba aún una sonrisa denticular que quizá mantuviera de sus años dorados de mozo.
-¡Hombe, Serafín, cuantu'tiempu!-. Dijo sonriente Anastasio, que ya le daba una palmadita en el hombro
 al abuelo.
-Sí, un tiempo largo. Oye, he venido a buscar la albarda pa'el borrego mío, el nuevo, ¿la preparaste?
-¿Eh?-. Era medio sordo, por lo visto.
-¡Digo que si tienes lista la albarda!-. El abuelo alzó la voz unos decibelios para que hacerse
entender.- Te la pedí hace ya más de dos meses.
-¡Oh, l'albada, sí, la tengo aquí, ¿pa' quien és?
-Para el borrico, quién va ser-. El abuelo nos miró a mi padre y a mí con una risita de comprensión,
 entre dientes, para con ese hombre. La mujer, de la cual no conozco el nombre, se sentó al pie de una escalera cercana, en la misma calle. Iba también descalza, con los pies ennegrecidos y me llamó
la atención por cómo se los fregaba con la extensión de la bata.

El abuelo y el albardero continuaban platicando y regateando sobre el precio de la montura, la cual aún
 no habíamos visto. Refunfuñando como un gato iracundo, el artesano cedió a buscar la albarda en un establo aledaño a la vivienda. Fue bastante rápido y fuerte pese a la edad que aparentaba al transportar su artesanía con toda clase de brío. Al fin vimos la silla y al verla me pareció escuchar la coletilla maestra de mi padre:
-¿Qué es eso?-. Sorprendido, no para bien, con aire incrédulo.- Dios mío...
Y entonces la miré celosamente, cada parte de esa cosa a la distancia. Ibamos a pagar más de
 cincuenta euros por eso. Al abuelo no le pareció que le hiciera mucha gracia y murmuró algo a su
viejo amigo por lo bajini. Y entonces el albardero abrió los ojos como naranjas y clamó al cielo:
-¡Me cagüendió, Serafín, m'estás engañando!


                     Publicado en: Lapiedraquehoradalalluvia.blogspot.com.es
                     el 2 de Octubre de 2012.
                     Texto de Jordi Rodríguez Serras.

Fotografía cedida por:  Frinis.
Casarrubia, 14/8/2012.























jueves, 2 de agosto de 2012

Las cartas del amante fariseo (León escribe a Emma)

                                                    (Epístola literaria), Por Jordi Rodríguez Serras.

Estimada Emma

Mucha natura ha sido deshojada desde el mismo día que me alejé de nuestro querido Yonville...
y de usted. No recuerdo bien el motivo de mi resurgimiento a través de las palabras, mas no puedo
aguantar tanto tiempo sin saber de la mujer que amé, a la que guardo sincera devoción y deseo
retornar a deleitarme con vuestra presencia (a mí). Volvería, Emma, si usted no fuese tan
deliciosamente mezquina, a la par que poseedora de magna belleza que puede resultar mortal en
ciertos sentidos.
Perdóneme si cree que procuro ofenderla, nada más alejado de la realidad. No sería de nuestro
agrado que este malentendido derive en una trifulca campal. Me provocaría un severo dolor
sofocante incluso pensar que fuera capaz de tal ignominia hacia una amiga.
De usted mis labios sólo pueden enaltecer su ser bajo el ventanuco estrellado. Créame.
Sois una dama de lo más exquisita, para mi fuerais la mismísima Portinari del admirado Dante,
mas no iría a buscaros, ¡Dios me libre!
No sería de mi agrado, y que el señor me lea con su verde vista, sofocarme en las calderas de
Botero por una dama que cualquier flor suya puede resultar una mentira.
Le recuerdo que soy un caballero y nunca me atrevería a criticaros, pero la evidencia de los
hechos y los fulgurantes quevedos portan a las pensaderas llegar a que sois más despilfarradora
que el quinqué en las gélidas noches.
Cambiasteis, ese es mi definitivo veredicto. Y ese mismo fue el motivo de mi marcha.
No derrameis lagrimillas de cocodrilo con que poder hacer eméticas perlas, no os hagais la ciega,
os amé, os amo, pero...¡jamás volveré a caer en profesar un sentimiento tan ennoblecido por
los hombres hacia usted, Emma!

Replico el pasado por destruir mi vida, y a la vez, contrariando mis edictos, lo glorifiqué, lo
engalané con un lazo rosa y lo mandé, miedoso, a mar abierto hacia otra lejana orilla.
Fuisteis la primera, el más bello recuerdo de una vida de ensueño, vuestra amistad fue un regalo,
su amor una edulcorizada fusta para mi bolsillo, vuestro marido, un morueco destripaterrones,
pobre de él, me compadezco.

Emma, quisiera, como signo de sino por ambas partes, que aceptarais unos cuantos óbolos de un
amigo. Bajo mi acomodada estancia en París regenta un servidor el humilde negocio de la familia
de su joven esposa. Ruego que acepteis esta ayuda y así paliar la situación tan cochambrosa y
desangelada en la que se halla vuestro matrimonio. Así pues, querida, se despide un
incondicional amigo, mas no amante. Allá se fueron aquellos años en que el relincho ecuestre
y el piano ignorado nos proporcionaba adicional coyunta en el tumultuoso lecho.
Os ruego que no malgasteis los cuartos en más inefables cartas violables al ojo ajeno.
Os lo pido, por vuestro barrunto, nada es posible ya. Por vuestra dicha y la mía.

Cerca estuve de olvidar: dad gratos recuerdos a monsieur Charles de mi parte, nada me produciría
más júbilo que evocar recuerdos de fonda en el médico.

Quede con Dios, madame Bovary.

Con amor, siempre suyo:

León Dupuis


Texto de Jordi Rodríguez Serras.


Nota de Jordi: Para que nos aclaremos bastante, aquellos que hayan leído la novela de Madama Bovary (de Flaubert), conocerán de sobra el personaje de León, que en esta supuesta carta (invención mía) se cartea, sin respuesta, con su antigua amante, Emma Bovary. Creé este engendro hace más de un año, a resultas de la lectura del libro en clase de Literatura Universal, por eso el lenguaje que utiliza León no corresponde con el vocabulario que usa en la novela, debido a mi inexperiencia. Hay que tener en cuenta que un chaval de diecisiete años no tiene mucho en cuenta esas cosas... Igualmente, disfruté como un enano inventando situaciones que bien podrían haberse dado.

---------------------------------------------------------------------

lunes, 9 de abril de 2012

La Nit del dissabte / 3:27



Dissabte 7 d'abril. 3:25 de la matinada.

<<M'ha vingut a la memòria el cel nocturn, destenyit per la claror corpresa, de Roma. Cinc hores
observant l'èter, sobre una maleta (bon titol per a una novela que tinc en ment) clavada en el pati
interior d'uns jardins neoclàssics. La meva anima mutil·là un pensament fosc.
La negra nit, amb el devenir de les hores, es recrea com una granota ensopida per opiacis dins
d'una tassa de cafè. Aquella boira greu, filla de la sang d'adoquins de final de segle, anava entrant
als meus pulmons i en sortia feta una teranyina de pudor pels meus porus insomnes. La pudor
propia de la incertesa.
La meva primera nit a Itàlia va estar guarnida de por. Temor al desconegut, en un país en el que
volia corprendre els altres i que em corprengués el dia i la nit romana. Un primer xiuxiueig
acompanyà algun crit de gall de les afores, essent extrany, ja que l'hotel estava plantat dins del centre
de la capital. Eren les cinc i mitja de la matinada i l'albor se resistia a aparèixer. Tan sols una hora
més, siusplau, dura una hora més. La meva boca sovint no acompanyava els meus llavis a l'hora
de passejar la veu, i sovint era la meva ment que parlava per mi.
Sol, amb la companyia de les herbes que decoraven els palets de pa per a picar entre hores de la
meva bossa de viatge.
Jo, ara sentat en una cadireta de tela y fusta, observo el pleniluni que ondula lleument davant els
meus ulls meravellats. Una setmana abans aquests ulls estaven cansats per la narcolèpsia de les
hores, i, alhora, delitosos de continuar. La nit convida a seguir amb cansanci? Ens cansem d'allò
que estimem? És un conjur d'una bruixa de terres ignotes que ens tanca la cortina de la desesperació?
No ho sé, poc m'importa, saber-ho. El que si sé es que els humans són idiotes. La vida en sí és
completament idiota. Un fracàs absolut, com viure. Viure, de fet, ja resulta un punt guanyat per a
la Mort. Per això resulta tant excitant veure-la ''guanyar''. La fulla de vitel ennegrit que s'estampa
de banús i clapa lluminiscent, observar-la, contemplar-la com a fruita delitosa, amb consideració,
és un punt guanyat a la Mort. Què hi ha millor que vénçer amb amor allò que ens destruirà amb la
llibertat? Però... per què serà que penso aquestes coses quan només estic observant pacificament la lluna?>>


Text de Jordi Rodríguez Serras