Seguidores

martes, 14 de febrero de 2012

La dáliva de la traducción. Convertir el fracaso en algo fructuoso.


Traducir es, para aquellos eruditos del mundo clásico y no tan clásico (¡amantes del universo literario, pues sí!), una ardua empresa, tamaña, al alcance de unos pocos entendidos y para el disfrute de muchos ansiosos. La afición (u oficio, según se mire) por desentrañar el significado de aquellos términos que permanecen vivos y coleando en una lengua distinta a la nuestra es un maravilloso afán, cada cual más interesante, para superarse a sí mismo.
Bien lo sabe mi profesor de Clásicas, pues repite hasta la extenuación, como si se tratase de apoyo moral a las tropas cansinas que a punto están de batirse en duelo con la muerte enlodazadas, su MÁXIMA característica (en catalán) que, con la caída de la noche, resuena en mi mente aún cuando llevo dos años con él como alumno:
És clar que costa traduïr un text del grec o llatí antics al català dels nostres dies, però hem de pensar que és un desafiament cap a nosaltres i la nostra maduresa, necessari per a crèixer com a persones / Claro que cuesta traducir un texto del griego o latín antiguos al catalán de nuestros días, pero debemos de pensar que es como un desafío hacia nosotros y nuestra madurez, necesario para crecer como personas.

Ahora, hoy por hoy y pasito a pasito, estas mismas palabras siguen calando hondo en mí. No solo es un gran consejo (porque es un gran consejo), sino es la invitación de un amigo a ser amigo de alguien que partió hace muchos años, de este mundo, tal vez de una de las Ciudades-Estado griegas o de la mismísima Roma en su garum imperial, y dejó su legado para que jóvenes (y no tan jóvenes) amasen aquella niña de flamígeros rulos y embozados sus ojos negros con una venda, llamada Amor a la Literatura.  Y que la descubrieran como se presenta a los curiosos, una inocente que espera ser querida y que la revistan con una pluma de ternura y fiesta.

Por eso, y lo digo por experiencia, el miedo al fracaso tan solo invierte el resultado de innumerables lecturas bien empleadas. Ante este panorama tan propicio a la inseguridad, hay que coger el toro por los cuernos y clavar en él un patadón semejante a ''Aquí estoy yo y Ovidio se va a enterar de quién es Jordi''.


No obstante, aprender otros idiomas siempre nos crece el ánimo, como personas, como poetas, como lectores en general. La traducción (con sus intentos, fallos, y cada vez más seguidas victorias) es la rotura de una lanza (como bien dijo cierta actriz en la entrega de los Premios Gaudí del año 2011), imprescindible para honrar a los grandes.


2 comentarios:

  1. A esto se le llama sublimación o, más claramente, convertir el plomo en oro!

    ResponderEliminar

¡Gracias por expresar tu opinión! Recuerda dar consejos constructivos
a todo herman@ poeta.